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Intercambio Polonia 2017

Hace ya cuatro años desde mi primer intercambio europeo acompañando a un grupo de jóvenes a Bélgica y, después de cuatro años, puedo decir que me siento muy afortunado. Me gusta mi trabajo. Disfruto con lo que hago.

Ayer volví de lo que podría ser un intercambio como otro más. Un intercambio en Polonia que puedo calificar como el más especial hasta el momento. Me siento cansado después de estos días de dormir 4-5 horas al día (porque nunca veíamos la hora o el momento de irse a dormir). Pero, sin embargo, no quiero dejar de compartir con vosotros, ahora que tengo los sentimientos a flor de piel, cómo esta experiencia me ha hecho abrir aún más los ojos.

Como “leader” o acompañante de un grupo siempre quieres que las experiencias de los participantes de tu grupo sean lo mejor posible haciéndoles mantener los ojos bien abiertos y aprender lo más posible y, sin darte cuenta, dejas a un lado tu propio aprendizaje. Esta vez, el maestro se ha convertido en aprendiz, y me toca ser a mí el que agradece todo lo que cada una de las personas me han aportado.

Me han hecho sentir que por aquello por lo que lucho: que es ser un buen educador, un guía, un buen dinamizador; pero también un amigo, un apoyo, un confidente… se ha alcanzado en este intercambio y no puedo sentirme más feliz.  No sólo lo he podido ver reflejado en mis lágrimas del último día en la evaluación de grupo o en cada momento que alguien se dirigía a mí en privado para hacerme sentir con sus palabras como nunca antes lo había hecho; sino que lo he comprobado por mi mismo, día tras día.

Me vienen a la mente muchas preguntas: ¿qué pasa durante un intercambio para que un grupo de desconocidos que el primer día casi no tienen contacto debido a la vergüenza, después de tan sólo 7 días lloren de tristeza porque sus días de convivencia se acaban? ¿Qué pasa ahí en medio? ¿O por qué hay jóvenes que año tras año repiten y valoran como mejor opción el invertir su verano en salir hacia lo desconocido y compartir experiencias con otros jóvenes como ellos en vez de elegir la opción cómoda de quedarse en la piscina o en el pueblo? ¿Qué vivencias se descubren para que un joven, durante el momento de evaluar el intercambio, a la primera persona que siente que debe agradecer sea a su madre por haberle “empujado” a participar en algo que él no quería? ¿O que de su propia boca salga la bonita frase de “he descubierto una realidad más allá de mi cotidianidad y estoy disfrutándola: me gusta lo que estamos haciendo; nunca imaginé que esto sería participar en un intercambio”?

No tengo una única respuesta a todas estas preguntas. Será el salir de tu entorno, el convivir con otros jóvenes, descubrir nuevas opciones, países, incluso descubrirte a ti mismo… o será la “magia de los intercambios” de la que sólo hablan aquellos que han tenido la experiencia de vivirla. Sólo sé que sólo puedo decir GRACIAS. Gracias por hacerme brotar de mis ojos esta felicidad en forma de lágrimas que a veces tanto nos avergüenzan pero que hoy a mí no lo hacen. No lo hacen porque son lágrimas de felicidad. Felicidad porque puedo afirmar con rotundidad, y es algo de lo que más orgulloso me siento: que me gusta mi trabajo. Y sólo tengo palabras de agradecimiento para aquellas personas que, aunque en ocasiones sin saberlo, hacen de mi vida un poco más feliz.

Acerca de Gonzalo Marcos

Educador del proyecto CHAT de Inter Europa. Coordina y colabora como educador en campamentos internacionales. También es preparador laboral de personas con discapacidad intelectual.

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